No fue un lleno espectacular, no fue la mejor noche del Tamaulipas, pero si fue una noche que tenía tiempo de no verse en el Coloso de la Unidad Nacional. Casi la mitad del aforo del estadio se dio cita para ver un amistoso entre la Jaiba Brava y los Rayados de Monterrey.
La cita tenía cierto dejo de expectación, porque al final de cuentas, la influencia regiomontana en esta zona es importante al ser una ciudad con vínculos fuertes, de negocios, de empresas, por geografía e incluso por cierta historia deportiva del pasado.
Venía un equipo de fútbol, venía casi el equipo completo, salvo Suazo y el “Cabrito” quienes hicieron falta, y aunque parecía que las figuras de Luis Pérez, Felipe Baloy, “Gerry” Galindo, Diego Martínez o el refuerzo Osvaldito Martínez podían iluminar la noche del puerto jaibo, resulta que había otra figura mayor que eclipsó cualquier cosa: Ricardo La Volpe.
Fue recibido con aplausos y silbatinas, unos le apoyaron, le mostraron cariño, otros le reclamaron su paso por la seleción; quizás los más osados le mentaron la madre, o lo que es peor, le recordaron a Hugo Sánchez.
La Volpe tomó asiento en el banco visitante y comenzó a dirigir el encuentro. Estuvo calmado gran parte del partido, algunas esporádicas intervenciones, reclamaciones al árbitro, a sus jugadores y un calentamiento de ánimos que tomó cerca al timones y que lo hizo sacar un poco de esa personalidad que, hay que decirlo, motivó a muchos a visitar el Tamaulipas.
Y es que el Coloso de la Unidad Nacional, tomó formas diferentes de expresión futbolística. Mientras en la cancha 22 actores laboraban queriéndose adueñar de la redonda, en la tribuna había fiesta: por un lado la barra “Terrorizer” hizo lo posible por darle una calurosa bienvenida al equipo, mientras que otros aficionados se unían jubilosos al responder el saludo de los once celestes titulares. No todo era celeste y blanco, el azul marino de los Rayados se veía por doquier en el inmueble tamaulipeco, playeras de local, de visitante, antiguas y nuevas del equipo regiomontano se veían en todas las zonas. Algunas banderas albiazules desafiaban el viento mostrando sus colores y provocando el sacrilegio: el naranja odiado aparecía en los dorsales rayados. Las banderas lo traían consigo, y no faltó quien pensó que la porra rayada había traído una bandera del Correcaminos.
La fiesta siempre estuvo en la tribuna: banderas, máscaras, jerseys, la botana, el refresco, la cerveza, el grito, el relajo, la pasión… y la ola, que contagió a todos, todos se levantaron, todos la gozaron…
El partido terminó a favor de la visita y se dio el “tercer tiempo”, los que podían se tomaban la foto del recuerdo: los más asediados: Ricardo La Volpe y un hombre que no vio acción, Christian Martínez. El cancerbero suplente de Rayados fue asediado desde que al 35′ de la Primera Parte salió a calentar un poco, la malla que divide al campo con la tribuna era el obstáculo, pero que poco importó para las más de 20 tomas que unas jovencitas le hacían al portero, se iban unos, venían otros y la petición era la misma: “Christian, una foto…”, al final también fue de los más solicitados.
Algunos se reencontraron, platicaron, se abrazaron, otros más hasta teléfono intercambiaron como los hizo “Gerry” Galindo con Osvaldo Lucas, y luego vestidores, entrevistas, conferencia de prensa, pasillo, gritos, pero todos esperando el momento cumbre, la salida de La Volpe que fue rápida, con poco que decir y apurando su camino, con el gesto duro y característico, avanzaba por el túnel principal hasta que se detuvo para saludar efusivamente a Sergio Lira que se encontraba con Miguel Angel Martínez, el momento no pasó desapercibido y no faltó el detalle que lo volvió inmortal: una voz gritó a lo lejos “La Volpe eras cliente de Lira…..”





